Leanme, comentenmeeen, pues son el nutrimento para mi destrunida alma, disfrutenmeeen pero sobre todo... SOPA DE CARACOL!!!
- El visionario
- Pasa muchacho, este no es clima para un joven – dijo el
anciano con calidez. Vestía un traje negro muy elegante, su cabello negro con
canas a los costados, sus zapatos relucientes, tiene la pinta de alguien que
está a punto de recibir visitas para cenar, lo cual no me vendría mal en este
momento.
Con la primera pisada que di en aquella casa, pude
escuchar muchos gruñidos, todos distintos, agudos, profundos y guturales, no
pude aparentar mi sorpresa y mi anfitrión se percató de ello.
- ¿Qué pasa?
- Nada – respondí nerviosamente.
- Acompáñame a la sala principal, te ofrezco un trago.
- Gracias eso me caería bien – Una sombra - ¿Qué fue eso?
El anciano se quedó callado. Llegamos a un opulento salón
con varios sillones de terciopelo rojo, un candelabro azul increíblemente
enorme y una chimenea con un fuego que bailaba furioso. Se acercó a una mesita
que tenía varias botellas y una hielera llena de piedras preciosas, me ofreció
la copa y la bebí de inmediato, grave error, porque sentí como quemaba mi garganta
y calentaba mis entrañas. ¿Risas? Moví mi cabeza buscando la fuente de aquellos
sonidos, pero nada.
- Espero no interrumpirlo, creo que tiene compañía.
- Supongo que eso es cierto. ¿Los puedes ver?
- ¿A quiénes? – respondí confundido.
- A ninguno supongo por tu respuesta.
- Señor, creo que mejor me retiró. No quería importunarlo
– me levanté de mi asiento, dejando la copa en una mesita, pero esta se cayó y
derramó su contenido sobre una alfombra de profundo color rojo, la cual
inmediatamente cambió a una tonalidad morada. - ¿Qué está sucediendo?
- Tranquilo hijo. Nunca había conocido a nadie que
pudiera siquiera sentir sus presencias. Supongo que eres especial, es una
lástima – dijo con dolor.
- ¿Qué es una lástima?
- Puedo convocar
espíritus, fantasmas, monstruos, bestias, y pedirles que hagan mi voluntad –
indicó con solemnidad, haciendo caso omiso a mí pregunta.
- Los sonidos que he estado escuchando desde que llegue.
- Sí, creo que se sienten incomodos con tu presencia.
- Muéstremelos, pídales algo – me sentí como un niño
pequeño en un circo, un circo invisible e incierto.
- Cada uno tiene un don único pero realizarlo requiere de
cumplir una condición. ¿Estás dispuesto a pagar lo que se te pida?
- Yo sólo los quiero ver.
- Pues que así sea.
El anciano alzó el brazo apuntando al horizonte, volteó
su palma en dirección al cielo, una esfera azul apareció y baño las paredes con
su luz, las cuales quedaron tapizadas con las más temibles imágenes, eran
centenares de cartas, como las del tarot, el viejo señalo a una que estaba
cerca de la chimenea.
- Te mostrara el amanecer del pasado, el ocaso del
presente y bajo tu propio riesgo, el anochecer de tu futuro. Muéstrate, los mil
ojos de los que vieron el primer sol: El visionario.
Una masa de metro y medio se alzó sobre mí, no eran más
que ojos encima de ojos, enrojecidos, inyectados de sangre, purulentos,
enormes, podía sentir que sus miradas estaban sobre mí. Se arrastró lo más
cerca que pudo, en ese momento los ojos giraron quedando en blanco, excepto uno,
verde, el más hermoso, me mostró mi primer llanto, mi primer caída, mi primer
orgasmo, mi primer odio y mi primera venganza. Como salido de un sueño, regresé
a la sala, el montículo de ojos estaba a mi lado, apoyado sobre mi hombro,
observándome.
- A esa hermosa criatura le debo mucho, me ha mostrado mi
vida y con un movimiento de mi mano, puedo revivir mis primeros pasos (aunque
no hay mucho que ver) – levantó su brazo con gracia y mantuvo su mirada fija en
sus dedos y pude ver. ¿Una serpiente? No, era color violeta y tenía franjas
amarillas, plumas en la cabeza, no tenía ojos ni boca, solamente un enorme
corazón, parecía inofensiva, hasta el momento en que el corazón se abrió y
reveló unas filas de afilados dientes, como una pequeña mandíbula de tiburón.
El visionario se volvió humo y desapareció al instante,
esas cosas parecían sueños de una mente retorcida. No lo había visto todo. La
sala era un circo de lo grotesco, debajo de la mesa de centro, agazapados en el
candelabro, dormido en el fuego de la chimenea, sentados al lado del anciano,
bajo mis pies, ¡La alfombra! ¡Monstruos escalofriantes!
Me levanté con premura y del mismo modo regresé a mi
asiento. Frente a mi estaba una armadura, oxidada, del casco podía ver unos
círculos rojos, pequeños, fijos… sobre mí.
FINE...
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