Él
sabe.
A jengibre y chocolate. Sus labios tenían un sabor
picante y misterioso, que me llevaba a una montaña helada cubierta de
obscuridad, alumbrada únicamente por los rayos de la luna, y entre aquella
peligrosa soledad, sus labios eran recuerdos, mi cara llena de chocolate de
leche, mis muñecas tomando invisible té en una igualmente invisible vajilla, mi
familia no tenía los recursos para esos lujos, pero gracias al trabajo de mi
Padre, empaquetando chocolate, este último no me era desconocido.
Los besos del enemigo del alma eran desolación e
infancia, eran nubes obscuras y finita inocencia, acercaba su cuerpo al mío,
mientras mis dedos recorrían su rubio cabello, su cuello era una piedra fría,
lisa, con esencia a menta, una gota de sudor lo recorrió, llegando a mi lengua
con dulce sabor a miel, Él no suda,
jugaba conmigo, buscaba evocar en mi los más extremos placeres, la pasión y la
carne. Ese abrazo de sensaciones no era sensual en absoluto, sabía que para Él no era más que un ritual, un
experimento, un conocimiento nuevo. Su cuerpo respondía al mío, adaptándose a
la situación, era un depredador, el más hermoso, era una planta carnívora, y
así como lo era para todo, no era más que subjetividad encarnada. Para unos era
una drosera, con largas hojas tapizadas en carmín, desprendiendo un dulce y
afrodisiaco aroma, una alfombra roja esperando a la gran estrella, la cual morderá
el polvo con la primera pisada, o tal vez sea una raflessia, aquella enorme
flor con pétalos que alcanzan el metro de diámetro, emanando un fétido olor a
carne en descomposición, llamando pequeños animales al centro de aquella aterradora
trampa. ¿Sera eso lo que es? ¿Una trampa? ¿Son sus ojos azules y su pulcro traje blanco una mentira?
Me toma de la cintura y sigue besándome, su rostro es perfecto, casi femenino, pero su abrazo es poderoso y sé que podría romperme en dos si lo quisiera, pero interminables clausulas se lo impiden, aunque aún sin ellas, no lo haría.
Su saliva pasa por mi garganta y se transforma en ácido jugo de limón, tiemblo y aquel jugo se disuelve y endulza. Me entiende y responde a mi molestia, a mi inconformidad, atiende mi dolor y agonía, pero sobre todo a mi felicidad.
Nunca cierra los ojos, no lo necesita, aún cerrados
podría verme, ni siquiera necesita estar cerca para ver nuestros cuerpos en
absorto beso, o simplemente se movería a otro plano pensando en su siguiente
jugada,
De entre todos los conocimientos, toda la sabiduría,
Él no sabe… A que sabe… fue así como
me explicó lo que les narró, su sabor cambiante, su engañosa trampa, su falsa
preocupación.¿Es acaso el infierno una explanada de lava, con seres agonizantes y alaridos eternos? ¿O un amplio espacio en blanco? ¿Son las suplicas una constante? Estoy convencida que sea cual sea la verdad del infierno, en todos hay ruegos interminables, pidiendo el fin al suplicio, puede que sea sólo mi idea, mi infierno, mi chocolate con jengibre, la miel con menta.
- ¿En qué piensas Elena? – me preguntó sin verme a
los ojos.
- ¿Acaso te importa? – Le respondí sintiéndome aún
más fría que su cuello.
- No, pero es divertido actuar lo contrario.Me miró fijamente y en sus ojos detecté un dejo de arrepentimiento y otro de honestidad.
Si soy o no objeto de sus afectos, resulta irrelevante.
Su caricia.
Su beso.
Ese es el infierno que me toca vivir.
FIN.
Bajo la mitología que he intentado crear tras el paso de los años, Él es la personificación del mal, tras una apariencia engañosa, muchas muchas hojas están llenas de sus andanzas, porque no importa que se me pueda ocurrir, es Él una constante, divertida e inexplorada. Y siempre en negritas. Espero lo hayan disfrutado, gracias por leerme y comentarme, y por no usar mi texto para terribles experimentos voodoo, mis abogados y mi curandero los perseguirán al fin del mundo.
FINE.
Él
ResponderEliminarQue bueno que esta de regreso.
Elena tiene mucho que contar...
los dos, Él y Elena, ya se les extrañaba.
Él
Elena
todos
Tú
Por ahí debe haber más de Él... habra que esperar... Gracias por leerme.
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